¿Cuándo tener sexo por primera vez en una relación nueva? Te cuento cómo lo viví
· Soy Penélope
La primera vez con alguien nuevo carga con una pregunta que casi nadie dice en voz alta: ¿cuándo? Hay quien jura que en la primera cita se sabe todo, y quien te advierte que si te apuras te van a dejar de tomar en serio. Yo escuché las dos versiones y ninguna me sirvió, porque las dos hablan de un reloj que no existe. Escribo esto por lo que aprendí a los tropezones, no porque tenga la respuesta.
Lo digo de entrada, para que no haya suspenso: no hay una fecha correcta. Ni la tercera cita, ni los tres meses, ni la noche que se dio. Lo que sí hay son señales, y ésas sí se pueden leer.
No es cuestión de días, es de cómo va la relación
Lo que me hizo click fue dejar de contar citas. Dos personas pueden verse cuatro veces y no conocerse nada; otras platican una madrugada entera y saben más una de la otra que muchas parejas de años. El calendario no mide confianza.
Y luego está lo obvio que nadie dice: nadie está buscando una fecha, está buscando permiso. Permiso para hacerlo pronto sin sentirse fácil, o para esperar sin sentirse cursi. Los dos permisos están dados. El único requisito de verdad es que los dos estén de acuerdo y que ninguno esté diciendo que sí para no quedar mal.
Las ganas de un lado, la cabeza del otro
Cuando andas encantada con alguien, el cuerpo va como veinte pasos adelante de la cabeza. Yo me acuerdo de estar en el coche afuera de mi casa pensando dos cosas al mismo tiempo: quiero y ¿qué va a pensar de mí mañana?. Esa segunda pregunta no venía de mí, venía de todo lo que me habían dicho desde los quince.
Me tomó tiempo separarlas. Una cosa es no tener ganas —y ahí no hay nada que discutir, se para y ya— y otra muy distinta es tener ganas y frenarte por una regla que ni siquiera es tuya. La primera se respeta. La segunda, la verdad, nada más te deja con el mal sabor de haberte hecho caso a alguien más.
¿Y si me acuesto con él para saber si hay química?
Ésta es la duda honesta: acostarte pronto para saber si en la cama funcionan, o esperar a que se baje el enamoramiento para poder juzgar con la cabeza fría.
Te digo lo que me pasó a mí con las dos. Cuando me esperé, llegué a la cama conociendo a la persona, y eso hizo que lo raro del principio —porque siempre hay algo raro al principio— no me pusiera nerviosa. Cuando no me esperé, la pasé increíble esa noche y a las tres semanas me di cuenta de que fuera de la cama no teníamos de qué hablar.
Ninguna de las dos fue un error. La diferencia estuvo en qué estaba buscando yo en ese momento, y eso es lo único que sí conviene tener claro antes.
Los tres meses de los lentes rosas
Hay una idea que me pareció útil aunque no la sigo al pie de la letra: los primeros tres meses traes lentes rosas. La atracción está tan arriba que no ves lo que en otro momento te haría ruido. No es que estés ciega, es que traes puesta otra cosa.
Si te sirve, espérate a que baje un poco y decide con eso ya en su lugar. Pero ojo con volverlo regla: conozco a quien se esperó tres meses por disciplina, no por ganas, y llegó a la cama con una expectativa tan alta que ya nada le iba a alcanzar. Los lentes rosas también se pueden vivir con calma sin ponerles fecha de caducidad.
Esperar de más también cobra
Esto casi no se dice porque suena a presión, y no lo es. Cuando el deseo está ahí y se pospone y se pospone porque toca, se enfría. A mí me pasó una vez: entre que él viajaba y yo quería hacer todo bien, se nos fue un mes y medio. Cuando por fin se dio, ya se sentía como un trámite pendiente. No era nervios, era desgaste.
Esperar porque quieres esperar suma. Esperar por reglamento, a veces resta.
Las preguntas que sí me sirvieron
Cuando ya no sabía qué pensar, dejé de preguntarme ¿ya es hora? y me pregunté esto:
- ¿Me sentiría cómoda diciéndole que me arrepentí a media noche? Si la respuesta es no, todavía no.
- ¿Estoy decidiendo yo, o estoy dejando que se dé para no tener que decidir?
- ¿Podemos hablar del condón sin que se haga incómodo? Si no se puede hablar de eso, menos se va a poder hablar de lo demás.
- Mañana, ¿me da igual si contesta el mensaje o no? Ojo, no importa qué contestes: importa que sepas cuál es tu respuesta antes.
Ninguna te da una fecha. Todas te dicen si estás decidiendo tú.
Lo que yo dejo listo, sin montar una producción
Esta parte va sin misterio, porque es la que de verdad cambia cómo se siente la noche.
Condón, siempre, aunque haya pastilla. En una relación nueva no se está cuidando nada más el embarazo. Yo tengo condones en mi cajón desde antes de que exista el plan; que estén ahí es justo lo que evita el momento de ay, no traigo, que es cuando la gente toma malas decisiones.
Lubricante, y no por lo que crees. Los nervios secan. Puedes tener unas ganas enormes y aun así el cuerpo no responder como en las películas, y eso no significa nada malo de ti ni de la otra persona. Un lubricante natural quita ese pendiente de encima. Es lo más barato que puedes hacer por una primera vez cómoda.
Empezar por las manos. Lo mejor que descubrí para bajarle a los nervios es no ir directo. Un aceite de almendras y quince minutos de masaje hacen que dos cuerpos que no se conocen se vayan soltando, y de paso te enteras de qué le gusta antes de que empiece lo demás.
La luz. El foco del techo es enemigo de cualquier primera vez. Una vela para masaje resuelve la luz y el aceite al mismo tiempo: se derrite tibia y se usa en la piel.
Lo que no sacaría la primera vez es un juguete. Una cápsula vibradora es de lo más rico que hay, pero cuando ya se conocen los tiempos. Meterla de entrada, sin haberlo platicado, se siente más a examen que a juego.
Lo que me quedó
Que la pregunta nunca fue cuándo. Fue con quién y en qué estado llego yo. Con la persona correcta, la tercera cita se siente igual de bien que el mes cuatro. Con la equivocada, esperar seis meses no arregla nada, nada más lo alarga.
Y si ahorita mismo la idea te da más nervios que ganas, no es que te falte mundo: es que no es el momento, o no es la persona. Las dos respuestas están bien, y ninguna necesita que le expliques a nadie.